El sueño prolongado provoca una presión larga sobre los vasos sanguíneos, incluidos los que llevan sangre al cerebro.

A este efecto desagradable también contribuye el hecho de que en posición horizontal el drenaje de la sangre venosa desde la cabeza no funciona correctamente.

Como resultado, en el cerebro queda sangre poco oxigenada, mientras que la sangre rica en oxígeno llega en menor cantidad.

A esto se suma la falta de energía, ya que no has comido ni bebido durante 10 a 14 horas, o el tiempo que hayas elegido para tu descanso prolongado.

Por lo tanto, no es beneficioso llevar el cuerpo a extremos. Dormir entre 7 y 8 horas sigue siendo el intervalo ideal.

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